En continuidad con nuestro trabajo “Colonización según los Ingleses” y en constante actividad en post de erradicar las colonias obtenidas por la fuerza y en pleno soporte al proceso de descolonización creado por la Organización de las Naciones Unidas luego de la Segunda Guerra mundial. CleoTaba esta vez quiso profundizar aún más y viajo hasta el norte de Francia, más precisamente a Calais, el campo de refugiados llamado “La Jungla”.

Llegamos al campo bien temprano por la mañana, eran las 9 y todo lucia muy tranquilo. Ingresamos caminando, no hay nada ni nadie que lo impida. No visualizamos policía alguno lo cual me dio cierta alegría, dado que me caen muy mal. La verdad me sentía algo nervioso, a veces lo desconocido viene de la mano con la adrenalina y la incertidumbre.

Olía muy mal, muy mal. El campo estaba muy sucio, miles de latas de bebida desparramadas por todo el campo. Al estar muy cerca de la costa y asentado en la arena, por las noches, cuando la marea sube, el campo se inunda por completo. Por ende las precarias carpas comienzan a flotar y con ellas, la ropa, la basura, comida y la también la gente. En ese contexto, vive gente.

Me puse a filmar algunos “Copetes” para romper el hielo mientras el campo amanecía, habían pasado no más de 15 minutos desde que llegamos, mientras Michaela sostenía una de las cámaras, algunas personas se le acercaron, quizá mucho para su gusto. Para ese momento “La Jungla” estaba ocupada por un 10% de mujeres y el resto hombres, por lo cual la mera presencia de una silueta femenina diferente, puede alterar las masas un poco.

Michaela se sintió que estaban demasiado cerca y dejo de filmar. Me dijo que no podría hacerlo, que era mucho para ella, que se sentía observada, que la miraban con mala cara y que la gente estaba invadiendo su espacio físico. Por ende fuimos hasta el auto donde ella se quedó esperando mientras que yo agarre el equipo de filmación para cuando estoy solo y me dirigí hacia el campo nuevamente.

Esta vez fui con más determinación, quería hacer mi trabajo y quería hacerlo bien. Por ende me deshice de todo preconcepto, de todo miedo y fui directo a las carpas, se veía humo saliendo de la mayoría de ellas dado que estaban cocinando. Comencé a conversar con los habitantes del campo, a escucharlos a sentirlos. Al cabo de algunos minutos ya estaba comiendo con ellos, jugando al futbol y tocando música.

Luego de un par de horas, corrí, literalmente corrí devuelta al auto, donde Michaela aguardaba por noticias mías. Me acerqué a ella y le comente lo que había vivido por las últimas dos horas. Le pedí que por favor me acompañara de vuelta al campo, pero que esta vez le aconseje que cuando alguien le brindara una mala mirada se la devuelva pero con una sonrisa y un hola y que todo iría a cambiar.

Volvimos al campo y allí nos quedamos por 3 días, aprendimos mucho, yo por lo menos, aprendí demasiado. Nos costó mucho dejarlo, dejarlos. Gente increíble, con ganas de progresar, de crecer. Ellos no estaban invadiendo nuestro espacio, nosotros estábamos invadiendo el suyo. Como esperar buenas miradas de gente que escapa de las bombas, de la mala gente, de los miserables. Como esperar una sonrisa de alguien que vio morir a sus hermanos, quien vio su casa caer hasta el último escombro, que dejo su familia atrás, allá donde siguen cayendo las bombas.

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